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Recuerdo aquel día, mucho antes de iniciar este emocionante proyecto, cuando nos reunimos todas las primas para sumergirnos en un mar de recuerdos. Hablamos de nuestras experiencias como adultas, pero sobre todo recordamos nuestras travesuras de niñas, esos momentos de risas y picardías que llenaban nuestras vidas de inocencia y alegría en nuestra infancia. Después de ese encuentro, me encontré reflexionando sobre el impacto de cada una de esas vivencias en la mujer que soy hoy, en las decisiones que he tomado y en las experiencias que me han moldeado a lo largo del tiempo. ¿Habrán influido esas risas compartidas y aventuras de la infancia, de manera consciente o inconsciente, en el camino que he recorrido hasta aquí?  


Después de mucho tiempo, en las sesiones terapéuticas, fue cuando finalmente encontré esa respuesta. Entendí que la adulta que soy hoy tiene una importante tarea: cuidar y sanar al niño interior que todos llevamos dentro. Reflexionar sobre nuestra infancia nos brinda una valiosa oportunidad para explorar los recovecos de nuestra alma, entender la raíz de nuestros patrones de comportamiento y, a partir de ahí, trabajar en el desarrollo de relaciones más sanas y auténticas. Descubrir de dónde vienen nuestros miedos, nuestras alegrías, nuestras heridas y nuestras fortalezas nos permite abrazar con compasión a esa versión más joven de nosotros mismos y, al mismo tiempo, trazar un camino de crecimiento y sanación hacia el futuro. 


Dicen que los primeros años de vida son cruciales para nuestro desarrollo, moldeando no solo nuestras habilidades físicas, cognitivas, emocionales y sociales, sino también nuestra percepción del mundo que nos rodea. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre los 3 y los 5 años, los niños se sumergen en un frenesí de aprendizaje, desarrollando habilidades esenciales como el lenguaje, la resolución de problemas y la regulación emocional. Resulta curioso cómo, a pesar de la importancia de esta etapa, tan pocos conservan recuerdos claros de esos años. En mi caso particular, esos recuerdos son como destellos difusos, a veces difíciles de distinguir entre la realidad y la fantasía. A menudo me sorprendo recordando una historia, solo para descubrir que estaba completamente al revés. Y en esos momentos de confusión, me doy cuenta de que no existen versiones verdaderas o falsas; todo depende de nuestra interpretación personal, de cómo procesamos nuestra realidad y construimos nuestra historia. ¿No es fascinante cómo nuestra mente moldea nuestra percepción del pasado? 


Quiero ser completamente honesta con ustedes: no estoy aquí para ofrecer respuestas sobre cómo sanar o cuidar al niño interior, porque sinceramente, aún estoy navegando por ese proceso y descubriendo el camino poco a poco. Sin embargo, lo que sí quiero compartirles es la profunda gratitud que siento hacia mis primas, quienes, sin saberlo, han sido arquitectas de mi infancia, transformando cada día en una emocionante aventura llena de risas y complicidad. Ellas, con su amor incondicional y sus travesuras, han dejado una huella indeleble en mi corazón, contribuyendo de manera significativa a la persona que soy hoy en día. Así que, aunque no tengo todas las respuestas, sé con certeza que una parte importante de mi ser está moldeada por el amor y la complicidad compartida con ellas en esos años mágicos de la infancia. 


Si quieres saber más sobre nuestras travesuras de infancia te invito a escuchar nuestro episodio: Entre Risas y Recuerdos: Viaje al Corazón de Nuestra Infancia